“Tengo la vocación de encontrar el claro de una ficción posible, de una poética en las pequeñas miserias, deseos y pasiones en las que nos consumimos.”

En el territorio cada vez mas estrecho de las redes sociales, nos topamos con Guadalupe Amadeo Calviño, una escritora joven que nos regalo unos cuentos cortos maravillosos que obviamente compartimos con ustedes. Los encuentros, las vocaciones, el amor, el deseo,  los viajes; todo dentro de miradas tan cortitas como ventanas al universo.

Y por si esto fuera poco, una entrevista  con una breve biografía relatada por ella misma.   

CUENTOS

TIEMPOYDINERO

Bajo del yellow cab en la 5ª y la 66. A través de la ventanilla le alcanzo al jamaiquino una propina que está más allá de mis posibilidades: un signo de renovada fe en el azar o la suerte, que tal vez nos acompañe durante el resto de la jornada. Eso: golpes de suerte. Acontecimientos. Cortes de secuencia. Caída de palabras asfixiantes talladas sobre la cruz en lo alto del campanario de tu templo de sentido hasta que sólo quede la música de la que estamos hechos: eso, es todo a lo que apuesto mi poca fe.

Es una mañana fría de inicios de marzo y llevo un abrigo liviano. Arrastro la pequeña valija azul hasta la esquina y me detengo para orientarme mientras decenas de personas atareadas yendo en ambos sentidos, me evitan. Imagino la escena vista en altura: el cruce veloz de cardúmenes ciegos a la voluntad que los mueve.

¿Por qué estoy acá? Vuelvo a esta ciudad donde me dejé hace 20 años.

Pude haberme enfrentado a toda su cautela y su normalidad desquiciadas. Pude haber huido cinematográficamente mientras él se daba una ducha. Haberle dejado una carta sobre la cama deshecha del hotel donde fui lo único desordenado que había en su vida.

Entonces, los pocos dólares que llevaba habrían durado hasta conseguir un trabajo como mesera, como todas esas chicas que sólo son visibles en los relatos y los poemas de los hermosos machos sensibles y alcóholicos del realismo sucio que las aman y se odian por no haber podido salvarlas de sus destinos trágicos.

A través del vapor que desdibuja los años y los hechos, detrás de la culpa por lo no vivido y lo no salvado, ya no hay miedo.

Entretanto, alguien ha vaciado mi valija y ya es pura metáfora: pájaro azul o alguna clase de nave.

Voy hacia el parque.

Puedo sentir el olor de las raíces de los árboles, cargadas del tibio empuje de la primavera. La luz oblicua revela las transparencias de las hojas que las ráfagas accionan como un caleidoscopio en escala de verdes y dejan adivinar el terco contorno de sus cuerpos.

Es de los últimos vientos fuertes, pienso.

Ya nada se lleva.

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LOVESONG

A los veintipico, durante un tiempo, di clases de apoyo en inglés a un estudiante de secundario. El dinero me venía bien y además, le hacía un favor a una amiga de mi madre. Tenía 16, caía con la guitarra porque después se iba a ensayar, le gustaban los Doors y el punk-rock. Era un pibe muy serio y -si aparecía- se sacudía la sonrisa con un gesto que le daba un aire infantil, un no sé qué en el movimiento del pelo castaño que le barría la inocencia de los ojos y estropeaba, en contradicción, toda su impostada furia melanco-dark. Verlo hacer eso era hermoso, era verlo todo: su transfiguración de niño a hombre ahí, para mí.

Al principio pensé que odiaba venir y eso me incomodaba, pero lo hacía puntualmente y con avances notables en poco tiempo. Al llegar, extendía una mirada lisa sobre las paredes, la mesa, los cuadernos. La imagen de un gato habituado al infinito, que echa las orejas hacia atrás en actitud de captar un nuevo evento en curso. Se sentaba lo más lejos posible de mí, lo que obligaba a un ida y vuelta innecesario de cuadernos sobre la mesa. Cuando le marcaba la pronunciación, él observaba mi boca como si pudiera ver la palabra deslizarse lenta, levitar en su extrañeza y acelerar a mitad de camino hasta impactar en su cuerpo como balas en slow motion… ahí bajaba la vista unos instantes hacia su cuaderno, antes de volver a mirarme como el alumno aplicado. En suma, yo intuía cuál podía ser el evento en curso para él.

La clase previa a su examen hicimos un repaso y nos despedimos, le deseé suerte y quedamos en que me avisara cómo le había ido, pero que seguramente bien. Junto con el pago de la clase me extendió un papel a rayas manuscrito, doblado en dos y me pidió que lo leyera más tarde. Era, claro, una carta/poema de amor pasional que había equivocado, como siempre ocurre, el destinatario. A mis veintipico ya sabía eso, pero que él no lo supiera era una tentación, no por lo transgresivo del asunto, sino porque era un pasaje de ida hacia el mítico pasado, hacia una inocencia que ya en ese entonces, yo añoraba.

Se veía a sí mismo solo, me ubicaba en el debe y el haber de lo inalcanzable, del fuego fatuo, de lo perdido. Era su propio clamor desde el hombre futuro hacia el claro pasado, donde mi doloroso cuerpo era su emblema amado y póstumo, de entrada. Me amaba y me perdía en un acto. Un infierno.

Digo infierno porque se fue y lo leí y quise calmar lo que no podía ser calmado con mis palabras, ni con mi boca, ni con mis pezones, ni con mi sexo, ni con mis piernas rodéandolo, ya por siempre a la sombra de nuestra imposible sombra. Por eso le contesté, cobardemente, con un sobre cerrado con un ejemplar de Las flores del mal de Baudelaire que le hice llegar a través de su madre y nunca más volví a verlo.

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HERMINIA

Ya era una anciana, era poco lo que le iluminaba los ojos. A mí me tocó ese don. Decía que yo, a veces, la hacía reír. Era cierto, como también que peleábamos mucho. Mi resorte era la desesperación porque la vieja no se me fuera: la prefería enojada, no vencida. Ella entendía y se enojaba por cualquier razón: no puedes andar como una loca con ese vaquero roto/ con esa falda tan corta pareces una casquivana/ maquíllate un poco que te ves enferma/ tanto leer, te vas a quedar a vestir santos. La dinámica era esa, ella empezaba a criticarme y yo le subía la apuesta escandalizándola con mis reflexiones y relatos adolescentes, que le encantaban secretamente, pero frente a los cuales su moral le indicaba que debía reaccionar con firmeza.

Cuando estábamos en una tregua, le pedía papas fritas o café con leche – ella lo traía en el tazón celeste del asa partida, con un platito amarillo con flores lleno de pan duro cortado para que yo lo hundiera en el café-. Ahí, se sentaba a la mesa y largaba una de sus historias de vida, que en un gesto lacaniano, llamaba “cuentos”.

  1. CONTAME EL CUENTO DEL LECHERO

-¡¿Otra vez?! Bueno… Salía temprano para el Argeriche…

– Abuela, es Hospital “Argerich”… trabajaste 50 años ahí…

– Sí, sí… Argeriche… Yo salía temprano… Tu abuelo dejaba a tu madre con Aurora y se iba para el centro más tarde. Eran un par de kilómetros de andar. Todos los días, me cruzaba con Don Gregorio, el lechero, que pasaba con el carro y me saludaba: “Buenos días, buena moza”/ “Buen día, Don Gregorio”

-Ah, terrible atorranta, encima taconeando y con todo el disfraz de enfermera…

– ¡¿Qué dices?! reía y sus ojos desaparecían bajo las arrugas plegadas en súbito origami, como si algo en su cara estuviera a punto de volar. Y seguía: -No era un desconocido, ¡era el lechero! Bueno… una mañana que llovía como locos, Don Gregorio paró el carro y me dijo que podía llevarme hasta el tramway, sin compromiso… Yo acepté porque Don Gregorio se notaba que era buena gente, era un trabajador…

– Abuela, no te creés ni vos…

– (risa) Tu abuelo se ve que andaba sospechando algo y mandó a la hija de la Florita que me siguiera…

– Ay…

– Y ella le contó, pobre criatura, pero era muy honrada… esa misma tarde vino llorando y me avisó…

– ¡¿Y entonces?!

– Tu abuelo volvió esa noche y me dijo: “Herminia, tenemos que hablar”

– ¿Y?

– Y me dijo: vos sabés lo que yo te quiero… y que quería que saliéramos juntos para el centro por las mañanas, para ir todo el viaje conversando.

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ECOSISTEMA

La investigadora acaricia el tronco del árbol, vuelve la mirada azul a cámara, explica que aquellos árboles que están agrupados, pertenezcan o no a la misma especie, se comunican entre sí mediante un sistema químico transmitido por bacterias que viven bajo la tierra, entre sus raíces. Esto permitiría un funcionamiento en red, dice, por el cual, además, los árboles jóvenes podrían acceder a la experiencia de vida de los ancianos, que han generado niveles de respuesta a las contingencias del ambiente, más complejos y precisos. Para mayor claridad, compara su descubrimiento con las conexiones sinápticas de la red neuronal del cerebro humano.

Ella llama a esto lenguaje, varias veces lo dice: árboles, bacterias, tierra húmeda desarrollan un lenguaje. Cada vez, sonríe después de pronunciar la palabra. Mientras veo el video recuerdo haber leído que algunos tipos de acacias pueden alertar a las demás sobre la presencia de un posible predador, para activar su defensa en conjunto: la emisión de un perfume tóxico que los aleja. Recuerdo también aquél film de Shamaylan.

Ella intenta divulgar la poética de su investigación y lo hace con éxito porque es una idea muy hermosa y la transmite con sencillez. Me preocupa. Tantos días o meses en ese bosque de Michigan o Massachusets con toda su fe puesta en hallar un lenguaje sin fisuras, una música casi, como la que se hicieron siempre árboles y brisa sin saber sobre música, ni sobre árboles ni sobre brisas. Horas blancas en el laboratorio, en el intento de restituir un cierto orden de cosas mítico donde cada elemento estuviera incluido y fuera necesario y tuviera su lugar…. la mirada cansada, frente a la muda muestra de tierra y bacterias, la hoja de roble rojo, un honguito.

El insomnio, mientras él o ella o nadie duerme a su lado, ya avanzada la noche, ya desafinada la música de su lenguaje, ya rota la ilusión de ecosistema.

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UN ACTO

Anoche se deslizó una araña por debajo de la puerta ventana que da al jardín. Los nativos de esta ciudad le dicen “patio” a los jardines y “estufa” a las chimeneas. También se dicen “bonita” o “bonito” al iniciar una frase con un subtexto de cariño, ternura y cristiana piedad y mueven ligeramente la cabeza hacia un costado cuando lo dicen. Sienten toneladas de piedad, es algo asombroso. Era gris, gorda, veloz, la araña. Cuando en una conversación surgía la palabra araña, él agregaba: “la que te engaña”. Decía tenerles fobia pero en dos segundos organizaba un operativo: tráeme el raid, no te acerques, corré el sillón… Yo gritaba del susto al principio y después respiraba agitada para sostener el drama retributivo a su arranque de heroicidad contra la naturaleza femenina de la araña, sólo que entonces no lo sabía. Ahora, mientras miro la araña reventada contra la pared por mi propia bota, lo sé.

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