EL GOYO

 

TEXTO Y FOTOS: JULIO CORONADO

¿Cuándo iba a ser la última raya, de qué manera? ¿Se iba a acabar la plata? No. O por qué se iba a acabar la plata. ¿Se iba a cansar? Quizás ella lo iba dejar cansado. Simplemente se acabaría. Se iría todo por uno de los agujeros de la nariz. Quedarse sin cocaína, como le gustaba llamarla, no era problema, no había problema. Todos los cuestionamientos que Jaime se hacía, terminaban cuando la dejaba caer sobre la mesa.

Estos escasos dos centímetros esparcidos en la mesa terminan con más de una iniciativa personal, pensó Jaime. Cortó por la mitad una boleta de luz, hizo un canuto y se sentó.

Transpiraba, la gente gritaba su nombre. No escuchaba nada. Sólo miraba la red detrás del jugador. Apareció la última marca. Tiró todo el peso de su cuerpo para el lado izquierdo, metió el pie derecho en la base de la pelota, tensionó el pie, lo dejó suelto y salió para el otro lado. Ya no hubo marcas, pero aparecieron seis más. La escena se repetía. No había forma de llegar al arco. El público gritaba cada vez más fuerte y Jaime siguió sin escucharlos. Nunca llegó a la red y la jugada comenzaba una y otra vez. Jaime se despertó con la garganta seca. Miró el reloj, las diez de la mañana. Siguió durmiendo.

Llevaba meses sin soñar y hacía un par de semanas que tenía la misma pesadilla.

 

Nunca llegó a la red y la jugada comenzaba una y otra vez. Jaime se despertó con la garganta seca. Miró el reloj, las diez de la mañana. Siguió durmiendo.

Llevaba meses sin soñar y hacía un par de semanas que tenía la misma pesadilla.

Nunca había tenido ningún tipo de interés por los deportes. Su padre lo tuvo de muy grande y tampoco fue amante de la actividad física. Antes de morir, le enseñó a llenar cheques y desarmar y armar una Colt 45 y un rifle Spencer. Jaime cuenta que su padre le solía decir “lo importante es manejar estas dos armas y una chequera”. La costumbre venía de su abuelo. Jaime no trabajaba, vivía de alquileres. Era dueño de cinco casas y tres departamentos. Su padre y su abuelo habían hecho lo mismo durante toda su vida.

Miró la mesa de luz, habían quedado dos rayas de la noche anterior. -Las dejo para después, dijo en voz alta y fue a ducharse. Mientras se bañaba comenzó a darse cuenta del estado de su cuerpo. Tenía las espaldas anchas, las piernas bien formadas, los brazos no eran los de una persona que no había tenido casi actividad física en los últimos quince años. Corrió la cortina del baño y se miró en el espejo. Los únicos rastros de la menesunda los tenía por dentro.

La televisión estaba programada a las doce del mediodía, a esa hora sale de la cama. Siempre en el canal del clima. Cambió y se quedó en un partido. Buscó la jugada de su sueño. Ningún jugador la hizo. Terminó de ver el partido y salió.

Goyo era uno de sus inquilinos. Vivía en el departamento más barato que tenía en alquiler. Jaime recordó que cuando habían firmado el contrato, Goyo le había comentado que de joven jugó al fútbol en Buenos Aires. Y que por un golpe en la rodilla tuvo que dejar.

20182535_10214026732081123_908127836_nJaime tomó un bondi para ir a lo de su inquilino, ese día no tenía ganas de manejar. No sentía el habitual dolor de cabeza de todas las mañanas.

 

– Buen día Goyo. ¿Cómo le va? Este tipo me va a sacar cagando cuando le pida que me enseñe a jugar al fútbol pero esta pesadilla no me deja pensar en nada.
– Buen día Jaime. ¿Qué anda necesitando?

– Mire, la verdad, me da un poco de vergüenza decirlo. Tengo que resolver un problema y creo que usted es la única persona que conozco que me puede ayudar.
-Espero que no sea dinero el tema, porque no puedo pagar más de lo que pago.
– No tiene nada que ver con el alquiler, Goyo. Necesito que me enseñe a jugar al fútbol.
–Pero eso no le puede dar vergüenza, lo único que creo es que todo el mundo sabe jugar y además a su edad cómo hacemos. No sabía qué más contestar. Tiene razón mi mujer. Este pibe está perdido. Tanta porquería que se mete en el cuerpo lo está matando.
– Don Goyo, yo sé lo que usted piensa de mí, y quizás tenga razón. El tema es que hace varias noches vengo soñando que juego al fútbol en una cancha llena, que me marca una sola persona y después viene seguro el gol, pero me lo saco de encima y ahí nomás aparecen más y más marcas y nunca puedo convertir.
– Igual que cualquier día de la vida Jaime. Nada es cien por ciento seguro. En el fútbol pasa lo mismo. Yo no soy profesor de fútbol, soy técnico y de un equipo de mierda, así que no creo poder enseñarle. Sí le puedo decir algo, hay varias formas de ver el juego pero dos son opuestas. Están los que sólo les interesa la gambeta y los que sólo hacen goles. ¿Usted cuál prefiere?
– No sé realmente. Creo que prefiero hacer el gol y despertar.
-Olvídese de la pesadilla, dijo Goyo y pensó en su infancia, en la cantidad de goles que había hecho, en la rotura de ligamentos que había sufrido por hacer una pisada de más.
– ¿Realmente quiere aprender a jugar al fútbol? Piénselo y véngase el sábado después de almuerzo.
– Gracias Goyo. El sábado vendré cambiado y listo para jugar.
– Cambiado no, en el fútbol tiene que ser usted mismo. Véngase como más cómodo le parezca y nada de zapatillas. Consígase unos botines. Jaime, una última cosa: duerma mucho.

“- Cambiado no, en el fútbol tiene que ser usted mismo.”

Entrenamiento

Nunca imaginó que su lugar en la cancha iba a ser en la defensa. De dos. Al principio, cuando empezó a comprender el juego, creyó que era por su poca habilidad con la pelota.

Los conceptos básicos quedaron marcados en su mente: que no pase la pelota o el hombre, quitar y despejar, siempre salir hacia los costados, dársela al que más sabe, no desesperarse y si iban ganando, reventarla lo más lejos posible de su arco.

Después, con el correr de los entrenamientos, las cosas fueron cambiando y empezó a jugar tranquilo. A tocar de primera, la confianza en la pelota lo alejó de la pesadilla. Igual la siguió teniendo.

Goyo lo llevó a practicar con el equipo de su trabajo. Jugaban un campeonato inter-empresarial. Los otros jugadores no sabían la razón de la presencia de Jaime. Ni tampoco preguntaban. Nunca está de más alguien a quien hacerle un caño, un sombrerito o una gambeta. El fútbol, básicamente, es confianza en sí mismo, decía Goyo.

Los entrenamientos eran dos veces a la semana por la tarde y los partidos se jugaban los domingos por la mañana o por la tarde. Por la vida que llevaba Jaime hasta ese momento tuvo que dejar de tomar cocaína, por lo menos, los días de entrenamiento. Los de partido no. Él no jugaba. En parte lo beneficiaba. Al ir duro y no tener con quien hablar mientras se jugaba, él se concentraba en las jugadas y en su función de marcador central.

Una mañana Goyo le dijo: -no tome falopa si quiere jugar. Su vida es su vida, yo me mando algunas también, que no vienen al caso contarlas, …pero acá tiene que estar lúcido si quiere aprender a jugar para solucionar su sueño. Era la primera vez que le mencionaba lo de la droga y la pesadilla.

Jaime no fue a entrenar por un par de semanas, pero las cosas no volvieron a ser iguales. Extrañaba.

Una tarde volvió. Nadie le preguntó el por qué de su ausencia. Al terminar el entrenamiento hicieron un partido. Él se fue a sentar atrás del arco, pero Goyo le dijo que entrara a jugar. Cuando estaba ajustándose los botines escuchó de la boca de un compañero: pibe el profe te quiere, no seas boludo, dejá de pensar en esa mujer y volvé a entrenar.

Ella

Estoy vivo entre tantos muertos escupía la radio del auto. Las calles se hacían cada vez más angostas y llenas de barro.

Esa debe ser la casa, me dijeron que preguntara por el Palta.

Arriba de la puerta de entrada había un foco amarillo, de esos para espantar los insectos. Por fuera de la casa los malvones inundaban la vista con sus colores y su olor. Las paredes eran celestes.

-Hola ¿Está el Palta? Decile que vengo de parte del Gordo.
– Esperá un rato, ya viene.
– ¿Qué pasó papá? Hacela corta. Se me queman los choris.
– Quiero la amarilla.
-1000 pesos la tiza, es de 8. Por menos… andá hacele pete a un taxista.

Sonrió entre dientes y le pasó los morados. El Palta se metió la mano al bolsillo y le dio la otra mano para saludarlo. Cuando estaba por subir al auto escuchó que le gritaban y se dio vuelta -“Decile al Gordo que venga él la próxima vez”.

El auto avanzó unas cuadras y se detuvo debajo de un farol. Jaime abrió la bolsa y la miró. Se frotó las manos y dijo: “ahora sos toda mía mami”. Hundió la herramienta. Arrancó y sintió el gusto amargo de la felicidad.

El auto avanzó unas cuadras y se detuvo debajo de un farol. Jaime abrió la bolsa y la miró. Se frotó las manos y dijo: “ahora sos toda mía mami”. Hundió la herramienta. Arrancó y sintió el gusto amargo de la felicidad.

El partido

-Vamos, vamos, si pasamos este partido estamos en la segunda ronda. Vos pibe preparate que si las cosas van bien hoy, jugás los últimos quince minutos. Elegite un número. Las palabras de Goyo lo sorprendieron. Hacía una semana que había vuelto a entrenar.

La cancha quedaba afuera de la ciudad. A unos veinte kilómetros. Fueron en tres autos. Había solo cinco suplentes. El viaje fue en silencio para Jaime, iba en el mismo auto que Goyo. En el asiento de acompañante iba la esposa de Goyo y atrás Jaime y el capitán del equipo.

– Jugamos contra unos choferes de una empresa de gaseosas. Dicen que son buenos, el mejor es un pibito que juega de diez: La tiene atada al pie el gordito ese. Usted Jaime, si entra, lo tiene que marcar cuando pase al cinco nuestro. Siempre se tira a la derecha y encara para el medio del área. Como es zurdo lo va a agarrar a contra pierna. Anticípelo. No deje que reciba la pelota y si la trae dominada, ciérrele los espacios. No lo encime mucho. Déle un metro y ahí téngalo.

– Goyo, ni que fuera tu hijo, dejalo tranquilo es un partido nada más. Si en los entrenamientos anduvo bien. ¿Por qué va a tener problemas?
– Primero que nada este no tiene nada de pibe, parece chico porque nunca laburó pero debe ser más grande que vos.

Llegaron y estacionaron atrás de uno de los arcos. Empezaron a cambiarse y uno de los jugadores, el dos, lo llamó y le dio la camiseta número 13. “Yo empecé con esta”.

Jaime se estaba poniendo nervioso. El ambiente le parecía demasiado protocolar. Él solo quería jugar al fútbol o resolver su pesadilla. Pero la gente de su equipo se tomaba las cosas de manera muy seria para su punto de vista.

Empezaron a realizar los ejercicios de calentamiento. Corrieron alrededor de la cancha. Después hicieron piques cortos y largos. Cinco minutos antes de que empiece el partido, Goyo les dijo que si querían ir al baño, que fueran en ese momento. Porque a él no le gustaba ni que los suplentes se levantaran del banco para ir. Nadie quizo. Jaime si.

Raspando el plato

Estacionó el auto en la cochera y subió a su departamento. Otra vez solo, otra vez, es una forma de decir. Siempre estaba solo. Algunas veces llamaba a una puta que vivía cerca y ,que por mucha menos plata de lo que en realidad le saldría se quedaba toda la noche. Casi nunca cogían, no porque él no pudiese, .no tenía ese problema, sino porque realmente no lo necesitaba. Esa noche la llamó pero nunca le atendió. Tenía toda una tiza para él solo. Además de una botella de vino y de varias cajas de cigarrillos. Aunque desde que había empezado el campeonato casi no fumaba.

Prendió la radio. Todas las noches escuchaba un programa en AM. De esos que escuchan los taxistas, pasan tango, o música romántica y cada un par de horas el pronóstico del tiempo y el boletín informativo. También llama la gente. Los limados, decía Jaime,. en realidad era gente sola como él. Esas personas que trabajan de noche. Opinan de cualquier tema y hablan de la amistad, de los códigos perdidos, de naderías filosóficas. El programa se llamaba “Meditabundos rebeldes”. Una mierda, pero esa mierda era la noche.

Mientras escuchaba “Amor salvaje” por el Chaqueño Palavecino sonó el portero eléctrico. Jaime pensó que quizás era su amiga. Atendió. Se sorprendió al escuchar la voz de Goyo del otro lado del portero. –Si, suba. Estaba despierto.

Goyo entró al departamento. Se sentó en una de las sillas de la cocina. Jaime le preguntó si quería tomar algo y le respondió que no. Antes de que subiera, Jaime había escondido la tiza arriba de la heladera, en un costurero.

Estuvieron hablando de fútbol. Goyo estaba allí como si no tuviese nada que hacer al otro día. Las horas pasaban y la botella de vino se había terminado. Solo Jaime bebía. Cada tanto él iba al baño y se tomaba un par de saques. Tenía una reserva en el botiquín.

Las conversaciones de amanecidos son bastantes particulares y más si uno de los dos está duro. Se puede llegar a descubrir todos los misterios del universo o a contar con lujo de detalles como fue una jugada que terminó en gol hace más de veinticinco años.

Cuando el sol y los ruidos de la mañana empezaban a salir Goyo preguntó si podía pasar al baño. Jaime le indicó donde era y sacó una botella de whisky de la alacena. Goyo volvió con el pelo mojado. Era otra persona. Le dijo –Mi mujer es de San Juan y vuelve pasado mañana, así que sacá lo que tenés escondido que ya estoy cansado de hablar. Jaime no entendió a lo que se refería y se quedó sin respuesta.- Dale pibe, qué te dije yo en el entrenamiento. Una cosa es dedicarse al deporte y otra es vivir solo y darle a la farfala todo el día.

Jaime se paró y sacó la tiza de su escondite. La puso sobre la mesa y comenzó a molerla. Goyo apagó la luz de la cocina, sacó el foco con un pañuelo que traía y le dijo que él se encargaba. Terminó de molerla e hizo tres rayas muy largas con el foco. Hasta ese momento, Jaime, pensaba que había sido una de las personas que más cocaína había tomado, pero viéndolo a su entrenador se dio cuenta de que recién estaba empezando. Goyo tomó por la nariz, .la mezcló con tabaco y se la fumó,. la puso en el whisky como si fuera un uvasal, la revolvió con el dedo y se lo tomó. Después con una lata de cerveza vacía hizo una pipa y le preguntó a Jaime si se podía fumar una parte de la tiza “así nomás en piedras”. Ante tanta voracidad no respondió nada, a lo que su entrenador entendió como una afirmación.

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Los cien pesos que Jaime había gastado se terminaron en menos de cinco horas. Eran las doce del medio día y el aprendiz de jugador de fútbol estaba, por primera vez en varios años, cansado. En cambio Goyo estaba como nuevo. Y eso que él solo se había tomado un litro de whisky. Jaime para no quedar mal le dijo que tenía más dinero y que si quería podía ir a comprar más. Goyo raspando el plato con la uña del dedo meñique, que era bastante más larga que las otras, le dijo que no, que así estaba bien y que por ninguna causa del mundo se le ocurriese faltar más a los entrenamientos o a los partidos.

Clavándola

Era la penúltima fecha del campeonato. Estaban igualados en puntos con el equipo de los choferes de las empresas de venta de gaseosas. Jaime había jugado todos los últimos quince o veinte minutos finales de cada partido. Excepto en dos partidos que su equipo iba perdiendo.: En esos no había entrado. Se sentía satisfecho. Todavía no había podido hacer la jugada de su sueño, pero se había transformado en un marcador con mucha fuerza y bastante elegancia. Tanto que lo cargaban porque nunca revoleaba la pelota cuando estaba en apuros. Sus compañeros le preguntaban, de manera irónica, si estaba por firmar un contrato con el Real Madrid o con Independiente de Avellaneda.

Esa mañana el defensor titular no fue y le tocó entrar desde el inicio del partido. No estaba muy nervioso. Había tenido una buena noche. Hacía dos semanas que no tomaba. Desde la visita de Goyo la cocaína casi no le llamaba la atención. Estaba en su plenitud futbolística. Además tenía hinchada. La mujer de Goyo y la puta de Jaime se habían hecho amigas en un par de asados, donde Jaime tuvo que llevar a alguien para integrarse al equipo. Las dos mujeres se ponían al costado de la cancha con una mesita y tomaban mate mientras miraban el partido. Era difícil saber cuál de las dos era la puta, no por simples cuestiones de discriminación, sino porque las dos se maquillaban demasiado y usaban ropa muy ajustada con colores chillones.

Al principio era un partido como cualquier otro. Se notaba que los del equipo de Goyo estaban mejor entrenados pero los otros eran más jóvenes y corrían más. Las cosas eran parejas. Dos llegadas a los arcos contrarios por cada uno. Jaime utilizó lo que tantas veces había soñado, pero no para gambetear y hacer un gol, sino para marcar al siete del equipo contrario que hacía un firulete con las piernas y la pelota, parecido al de su pesadilla. Lo tuvo de hijo. No lo dejó pasar ni una vez. Y las veces que se cambió de lado, como el equipo de Goyo jugaba con libero y stopper, lo siguió y tampoco lo dejó pasar.

Cuando faltaba media hora para que finalice el partido, que si seguía de esa manera era un empate clavado, Jaime marcó su primer gol. Fue de cabeza. Jaime cortó una pelota en la mitad de la cancha. Se la pasó a un compañero y fue a buscar la devolución. La volvió a tocar al jugador que estaba más libre. Afuera de la cancha Goyo, su esposa y la puta estaban, a esa altura, de pie. Fue en busca de la devolución nuevamente pero este jugador la siguió trasladando y cuando llegó al final de la cancha le tiró un centro llovido que Jaime pudo conectar al ángulo superior del arco. Como todo jugador inexperto, no supo, que había hecho el gol hasta que escuchó los gritos de todos sus compañeros.

El partido terminó uno a cero para el equipo de Jaime. Ese medio día se fue con la puta. No comió el asado con sus compañeros. Hizo el amor hasta que la luna apareció.

En la oscuridad te busco

Las costumbres eran otras desde que el fútbol era parte de su vida. Ya no se levantaba más a las doce del medio día, tampoco sufría su pesadilla preferida. Jaime había cambiado. El fútbol además de nuevas amistades ( antes no tenía amigos) le había dejado una mujer en su casa.

Después de la vez que hizo el gol y se fue con la puta a su casa, no la había dejado de ver. Al principio se llamaban por teléfono más seguido. Luego ella empezó a quedar a dormir dos o tres veces por semana.

A él no le molestaba su trabajo, pero ella lo dejó igual. Era buena administrando y Jaime le propuso que le ayudara con sus propiedades. Ella aceptó gustosa, estaba un poco harta de levantar pijas por cincuenta pesos y además estaba pasando un momento, impensado antes, de amor con uno de sus clientes. Un día sin darse cuenta estaban viviendo juntos.

Jaime alternaba su puesto de dos en la cancha por el de cinco, en realidad lo estaba aprendiendo. La tarea de mediocampista central es una de las más complicadas dentro del campo de juego, pero se animaba. Goyo estaba contento con su nuevo jugador. En pocos meses había convertido a un tipo totalmente desapegado a los deportes en un excelente jugador de fútbol amateur.

Jaime no tomaba cocaína, no la había abandonado, sino que no la usaba. Varias veces fue a comprar y después la dejó guardada, hasta que se venciera. No se sentía cómodo sino la tenía cerca.

Un domingo en un partido tuvo la posibilidad de hacer la jugada de la pesadilla, después de tantas cosa que había tenido que pasar para poder hacer esa gambeta, le pareció demasiado esfuerzo en algo que en definitiva era una pesadilla o simplemente amagar con el cuerpo para un lado y salir para el otro. Eso era todo. Hizo la gambeta y eludió a sus marcas y una vez que tuvo el arco enfrente amagó a patear y se la pasó a un compañero que venía entrando solo. Un gol perfecto. Goyo lo sacó de la cancha, puso a otro en su lugar.

– ¿Qué me hace pibe?
– No entiendo Goyo, hice una jugada de gol y se la di al que venía por el lado ciego y convertir se hizo más fácil que si hubiese pateado al arco.
– Pibe, no sea cagón, usted y yo sabemos porque está acá. No se haga el que jugó toda vida al fútbol. Si quiere terminar con las situaciones que no lo dejan dormir enfréntelas.
– Hago lo que me viene en gana. Le dijo Jaime y se fue sin saludar a nadie del equipo.

– Pibe, no sea cagón, usted y yo sabemos porque está acá. No se haga el que jugó toda vida al fútbol. Si quiere terminar con las situaciones que no lo dejan dormir enfréntelas.

Esa noche, en su casa, se quedó viendo televisión. Su mujer se fue a dormir y lo dejó solo en el comedor. Las imágenes pasaban como pasan las horas. Una atrás de otra.

Jaime pensaba y pensaba en las palabras de su entrenador. Él sabía a lo que se refería. Conscientemente la pasó para que el otro jugador pateara al arco. ¿Pero adentro suyo, muy adentro, donde vivían todos los fantasmas de ese pasado blanco la situación había sido diferente o no? Sus cavilaciones no podían demorarlo más.

Era lunes por la madrugada. Al otro día tenia que trabajar, ahora, ya no se limitaba solamente a cobrar los alquileres, tenía otros planes en mente con su mujer. Habían visto un par de casas en venta y pensaban hacerse de ellas para refaccionarlas y sacarles todo el dinero posible. Apagó el televisor y las luces de la casa. Fue a su dormitorio, su mujer llevaba varias horas dormida. Se quedó mirándola un rato largo. Se metió la mano al bolsillo y sintió el tamaño de la diminuta bolsa de plástico. Temió romperla con las uñas.

Fue al baño. Entró y cerró la puerta.

Un comentario sobre “EL GOYO

  • el 27 agosto, 2017 a las 9:37 pm
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    ¡Gracias por el artículo! Me lo guardo a favoritos para tenerlo presente en un futuro.

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